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En los últimos años han surgido diferentes proyectos de huertos urbanos[1] en la ciudad que están trabajando desde un pensamiento comunitario y que apuestan a tejer redes en colectivo. Entrevisté a Chantal Segura y Verenice Pérez Mar, con la intención de que nuestras lectoras puedan conocer sus experiencias trabajando en dos diferentes huertos urbanos en la Ciudad de México.

Foto de portada: (c) Huerto Azcapo Fb

Huerto Azcapo

Huerto Azcapo se encuentra al norte de la Ciudad de México. Es un centro comunitario que ofrece talleres de agricultura urbana, medicina tradicional y cuenta con un temazcal. Es coordinado por cuatro personas sin embargo se nutre de otros proyectos y de los grupos de trabajo que se conforman eventualmente. Para Chantal Segura las integrantes de Huerto Azcapo están representando diferentes sectores sociales y eso amplifica la diversidad de personas que quieren integrarse o participar en el proyecto. Al platicar con ella, me interesaba saber cómo y con quiénes están tejiendo redes, y cómo se ha integrado la comunidad local al huerto.

Al vincularse con diferentes colectivos e instituciones como la alcaldía Azcapotzalco o SEMARNAT[2], se abren a la posibilidad de que otros sectores de la población les conozcan. Aunque Chantal comparte que la población que frecuenta el proyecto son mujeres de 25 a 50 años.  Están ubicados en una colonia popular, respecto a esta experiencia Chantal detalla: “Ha sido un proceso lento y complejo pero siempre ha habido personas que se acercan y se maravillan, otras tienen cierto recelo y un bloqueo de quererse acercar y esa ha sido una tarea diaria de nosotras con el huerto. A pesar de toda esa experiencia hemos notado que ciertas vecinas se han identificado con el”. Ella menciona que acuden al huerto no sólo a aprender, si no a compartir, como en el caso de una vecina que ha ido regularmente a dar talleres sobre el cultivo de alga espirulina y otra que ha ido a compartir sus saberes culinarios. “Algunos vecinos que han ido, ven al huerto más allá del consumir alimentos sanos, lo ven como un refugio emocional, un momento en el que ellos pueden descargar el estrés, la ansiedad, la depresión y nosotras hemos visto esos procesos de cambio”.

“El huerto es visto no sólo como un espacio educativo donde se cultivan alimentos sanos y libres de agroquímicos, también es un espacio espiritual, una comunidad de aprendizaje donde se comparte saberes, emociones y experiencias que encaminan a un desarrollo humano distinto”. Es fundamental en estos espacios compartir, tejer en colectivo, solidarizarse. No es fácil porque “todos hablamos de tejido social pero en la práctica es muy distinto porque depende mucho del contexto, de nuestros recursos humanos, económicos, materiales”.

El Vergel del Castillo

El Vergel del Castillo es un huerto invernadero ubicado en una casa de día de adultos mayores al sur poniente de la Ciudad de México, auspiciado y gestionado por OLAKAC[3]. Platiqué con Verenice Pérez Mar, agroecóloga encargada de este espacio, sobre el impacto que este proyecto ha tenido sobre la población con la que trabaja y las posibilidades de trabajar en un huerto. El Vergel del Castillo casi cumple tres años de existir, en los que ha mantenido ocupados y activos a cerca de cincuenta adultos mayores. También los reconecta con sus historias de vida, ya que muchos provienen del campo y tuvieron experiencias con la siembra y cultivo de alimentos en su juventud. De la voz de Vere: “Cuidar un huerto es una actividad bastante tranquilizadora, no solo para los adultos mayores, sino para grupos de todas las edades. Es una actividad pacificadora, te brinda alegría ver crecer las plantas y acercarte a lo que comes”. También trabajar con adultos mayores ha ayudado a Verenice a ver la vejez desde otro punto de vista, y nos cuenta: “Desafortunadamente vemos el  envejecer como un proceso que ocurre después de que cumples 60 años cuando en realidad envejecemos toda la vida; ver a los adultos mayores que son muy activos en las actividades del huerto y siempre buscan intervenir en lo que ellos pueden hacer, es revelador”.

De acuerdo a su experiencia, el huerto sirve como un espacio catalizador donde quienes acuden se sienten capaces de seguir dando vida, se tejen redes y vínculos entre ellos, se trabaja por un bien común alimentándose sanamente de hortalizas y también de experiencias y de aprendizajes.

Respecto a la relación que existe entre sembrar en el huerto y la agroecología, Verenice nos comparte que esta disciplina no solo busca cultivar alimentos sin químicos, sino que también tiene que ver con una visión holística de los agrosistemas y de las personas dentro de estos agrosistemas. Por lo tanto, la parte social es una parte muy importante en la producción: no sólo es producir, es solucionar un problema que tiene la gente de alimentación, de economía, de desgaste de suelos ¿Será adecuado pensar que también puede solucionar “problemas” emocionales y ocupacionales?

Con estos breves ejemplos podemos pensar un poco en las potencias emocionales, de vinculación de afectos, redes de trabajo y organización que en un huerto se pueden fomentar. Espacios donde se nutre a la vez cuerpo y espíritu.

[1] Chantal Segura nos comparte que los huertos urbanos son espacios que se tienen en la ciudad, ya sea en casas habitación, algún terreno baldío, en colonias, escuelas, etc., que se pueden potencializar para tener hortalizas. También en sus palabras, han sido espacios donde se cultivan comunidades de aprendizaje.

[2] Secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales

[3] Organización de Líderes Altruistas Kintsugi