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Texto: Carolina López

Todo estaba en silencio. Mariana parecía estar molesta con lo que sucedía del otro lado de su ventana, con las noticias reportadas en la televisión, en los periódicos y en las redes sociales; todo alertaba y daba cabida para pensar a cada minuto en la muerte. En ese proceso, que indiscutiblemente la había rebasado, se presentaba no solo con la pérdida de vidas humanas si no en su vida personal al estar lejos de su familia, al haber dejado de ver a sus amigos, a sus compañeros de clase, a sus compañeras de trabajo y al haber cortado de tajo con todo eso a lo cual estaba acostumbrada. Al no sentirse parte de nada y estar sola, le habían arrebatado por algunos instantes sus sueños y pensar en el futuro le hacía pasar por una fuerte ansiedad, la llenaba de melancolía y tristeza. De pronto, todo lo que era y había construido se encontraba pendiente de un hilo que en cualquier momento se podía romper.

Fue en esa soledad, en ese estado de silencio, que se miró frente al espejo y se preguntó: ¿Quién soy yo? ¿Qué hago aquí? Ella pasaba por un estado de crisis de esos que a veces se hacen presentes, que indiscutiblemente nos arrebatan el aliento y nos dejan sin fuerzas. La mujer desolada pasó toda la tarde sumida en su desesperación y trató de dar respuestas a sus preguntas. A pesar de ser una profesional de la salud, no lograba explicarse por qué se había desbordado. Por un momento decidió no pensar en nada, recostarse sobre su cama para encontrar la calma y resignarse a esta nueva forma de vivir.

A pesar de que tenía a sus amigos y a su familia cerca, dudó en marcarles o escribirles un mensaje para expresarles cómo se sentía, pues las palabras y los mensajes que le brindaban para alentarla ya le parecían desalentadores e incluso agotadores. Siempre era lo mismo: ¡Ya vendrán tiempos mejores! ¡Saldremos de ésta! ¡Todo va estar bien! ¡Todos nos sentimos así! ¡Pronto acabará esta situación y podremos retomar nuestras actividades! Nadie lograba entender en lo complicado que se había vuelto para ella esta situación, e incluso llegó a pensar que sus amigos y familiares habían perdido empatía hacia ella. Las palabras le parecían cortas. Lo que ella necesitaba era un abrazo y quebrarse en llanto, hasta quedar agotada, descansar y pensar que el mañana sería diferente.

Sin duda para Mariana había sido un día difícil. Pasó en vela toda la noche; aunque se recostó en su cama nunca logró dormir. El mismo silencio habitaba su cuarto, y las respuestas seguían sin aparecer. Al amanecer, ella decidió buscar entre su habitación unas tijeras; se sentó al borde se su cama, se descubrió sus brazos y miró por algunos segundos su manos. Poco a poco acerco las tijeras a su muñeca derecha; estaba decidida a quitarse la vida. De pronto, entre el silencio, la desesperación y el llanto, escuchó una voz que con gran entonación le permitió reconciliarse con ella y verse a sí misma; vio las oportunidades que dejaría pasar al quitarse la vida, la herida que dejaría en su familia, sus amigos y en quienes la quieren. Pensó que ella no era de las que se daba por vencida, ni de las que se rendían a la primera, pues ya había pasado situaciones peores. Fue hasta entonces que volvió en sí, se miró al espejo y gritó con todas sus fuerzas ¡Estoy viva!