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El cariño y la confianza se cultivan a través de actos de afecto y solidaridad. Cuando conocí a las-los adultos mayores de Casa de la Divina Providencia, estaba nerviosa, ya que nunca había trabajado con personas de la “tercera edad”. Recuerdo que lo primero que me llamó la atención fue la singular construcción en forma de castillo de esa casa de día, su amplio jardín con la palmera a un lado, la higuera y el árbol de durazno.  Viene a mi mente la imagen de un grupo de abuelitos saliendo al patio, a  un ritmo distinto al que yo estaba acostumbrada; entre las sombras de los árboles y las flores que adornan el espacio, platicaban armoniosamente, reían y algunos tomaban siestas. Esto fue en septiembre de 2017, yo tenía 28 años y estaba emocionada con la idea de trabajar con otras generaciones; meses después pensé en la necesidad primaria de hacer alianzas entre generaciones, que reforzaran nuestros grupos de afinidades.

En ese otoño de 2017 iba a verles tres veces a la semana, mis compañeras y yo, investigábamos cómo producir ese rapport a través de las visitas, actividades y claro, un punto importante en el proyecto, a través del huerto que ellos nombraron “El Vergel del Castillo”. No pasó mucho tiempo para que me aprendiera todos sus nombres y  para que todas y todos me sonrieran y se alegraran de verme cada vez que llegaba. El huerto definitivamente consolidó a través de la práctica y la metáfora, la paciencia – al sembrar y esperar la germinación de la semilla, al cuidar el crecimiento de las plántulas, esperar la maduración de las hortalizas y finalmente cosechar. Pero también nuestros vínculos se fueron enraizando y haciendo más fuertes, estábamos procurando un buen sustrato. Otra metáfora fue el abono, que es un nutriente extra para el sustrato, para que las plantas crezcan más fuertes y sanas. Las visitas de los niños y niñas de casas hogar para conocerles y trabajar con ellos a través de talleres, fueron parte de este abono. Todo fue funcionando como un gran engranaje que permitió germinar estos lazos[1] entre los abuelos y abuelas, los menores y nosotras, las miembras de OLAKAC.

Después de un año de trabajar con ellxs, pudimos inaugurar otro huerto, esta vez en un asilo de puras mujeres. Llegamos a visitar el terreno y a medir los espacios, con la incredulidad en la mirada de las adultas mayores que ahí habitaban. Ya teníamos aprendizajes ganados y comprendíamos su duda al pensar ¿Cómo es posible que podamos sembrar alimentos o tener un huerto? Pero dos meses después de una tarde de estar bajo el sol compartiéndoles nuestra idea de invernadero mientras ellas nos miraban desde un barandal, de hacer encuestas sobre su interés personal sobre este proyecto, del trajinar entre proveedores, tierra, plantas, sudor, largos traslados de sur a norte, inauguramos “La Huerta de Casa Betti”. Para esta ocasión, sabíamos que sería sencillo ganarnos la confianza de estas mujeres. Con la constancia y el cariño, pronto nos volvimos un equipo, y lo mejor, de manera muy rápida ellas se apropiaron del huerto.  Se hizo un grupo cohesionado que asistía semanalmente a aprender-enseñar con una huertista, a cuidar y colaborar en la medida de sus posibilidades al bienestar  del huerto. El huerto se inauguró junto al proyecto GLIA y las señoras pudieron recibir visitas frecuentes de niñas y niños de casas hogar. Vimos crecer plantas, amistades y niñxs. De eso ya pasaron más de dos años.

Ahora es agosto de 2020, y pronto terminará un ciclo de trabajo, del cual me siento orgullosa y contenta. Todas las participantes nos vamos con el corazón lleno de emociones, de recuerdos y anécdotas. Aprendimos a cultivar lo que germinamos. Estamos cosechando los frutos. Muchas abuelas y abuelos murieron, partieron de este mundo, pero tuvimos el honor de conocerlos. Este texto lo escribo desde el pretexto de una despedida, pero no una definitiva; si bien, ya no procuraremos como antes el huerto, seguiremos en contacto, y sabremos que dejamos sembradas y regadas, semillas, vínculos, aprendizajes, preguntas, dudas que abonarán, seguramente, en el interés de adultos mayores y niñxs de seguir procurándose, de seguir cuidando sus huertos, la vida, el alimento, la amistad y de seguir tejiendo redes de cuidado.

[1] Así se llama el proyecto que alberga esta labor: “Germinando Lazos Inter Asoaciones” (GLIA).