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Era 1999; vivíamos en ese entonces solo mi mamá, su panza con mi hermana dentro y yo, en un cuarto pequeño de lámina en la misma colonia que mis abuelos, en la misma colonia donde crecí. Por las noches, antes de dormir, me gustaba hablarle a mi hermana mientras le acariciaba la panza a Soledad. Muchas veces le leí con ternura cuentos infantiles; fue toda una sorpresa saberme conectada con ella, aún sin saber cómo era su cara, manteniendo el contacto a través de la piel, músculos y grasa de mi madre. No vivimos mucho tiempo juntas, cuando tenía 13 años me mudé a casa de mi papá y a los 19 me mudé a otra ciudad. Nuestra relación ha estado definida por la distancia y confío en que en estos veinte años hemos creado lenguajes y acciones que, a pesar de la lejanía física, reafirman nuestro amor fraterno.

Poco antes de que ella naciera, nos mudamos; pasamos como hormigas nuestras pertenencias a casa de mis abuelos y nos acomodamos otra vez en un pequeño cuarto. Esa mañana parecía un día normal: yo tenía puesto el uniforme de la primaria, tenía la mochila lista y estaba tomando mi jugo con huevo. Ahora no recuerdo si lo vi o me lo contó mi mamá, el caso es que esa mañana se le rompió la fuente. Tranquilamente me dijo casi detallándome un cronograma que iría a dejarme a la escuela y después iría ella al hospital ¿sola? Sí, ¿caminando? Sí. Que mi papá me recogería a la salida de la escuela y tendría que quedarme con él hasta que ella regresara a casa. Así como me lo contó nos fuimos caminando hacia la primaria, ella incluso cargó mi mochila y se despidió con un beso.

Ese día nació mi hermana; ocho meses después de estar gestándose en el vientre de nuestra mamá. Las pude ver dos días después. Mi papá me llevó a conocer a mi hermana, que para ese entonces no sabía que era hermana o hermano. Mi mamá olía a leche, mi hermana también. Como en las películas, el hospital, mi casa y la escuela se encuentran en una misma zona. Para llegar a la primaria, se toma una calle que está a un costado del hospital. Mi mamá me contaba, a forma de anécdota, que pudo verme a través de la ventana del cuarto donde estuvo internada, cuando yo iba y venía de la escuela.

Como yo era la única hermana y la mayor me tocó cuidar y criar a mi hermana de alguna forma. Se preguntarán: ¿cómo cría una niña a un bebé? Es más común de lo que se imaginan: solo volteen a ver los casos de terror de miles de niñas que son obligadas a ser madres. Mi caso más bien se sitúa en los casos de niñas que son cuidadoras. No me quejo porque estaba transicionando a la adolescencia y estar cerca de un bebé me llenó de ternura y me llevó a actuar con más cuidado; pensaba mucho en las dos, en nuestro bienestar. Nos divertimos juntas viendo películas de Pixar todavía en formato VHS, nos aprendimos diálogos y actuábamos escenas de las pelis favoritas; me obligó a ver todas las películas de Barbie, jugamos y dibujamos un montón, dormíamos juntas, me gustaba abrazarla, darle de comer y enseñarle palabras nuevas.

A veces quisiera haber tenido más hermanas, en especial hermanas mayores, crecí un poco sola hasta que ella nació y nos separamos demasiado pronto. ¿Qué recuerdos les evoca hablar de sus hermanas? Me pregunto: ¿Mi hermana hablará de su hermana, o sea, de mí? ¿Qué dirá? Anoche nos llamamos, me emocioné mucho porque platicamos casi dos horas, nunca lo hacemos, al menos no por teléfono. Ahora ella tiene veinte años y yo treinta. Supongo que nos sentimos solas de hermana, a pesar de cada una vivir y tener a sus acompañantes en esta cuarentena, a pesar de no estar cerca físicamente por casi once años.