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Texto: Carolina López

Andar en bicicleta para mí ha sido una forma distinta de vivir la Ciudad de México, ya que me ha permitido estar en contacto de manera diferente con las personas, rompiendo con esa barrera que se genera cuando vas en el trasporte público o en automóvil y ha sido una herramienta para apropiarme de espacios como lo son la calle, los parques e incluso algunas carreteras. Iván Illich comenta[1] que la bicicleta permite a cada uno controlar el empleo de su propia energía y que el vehículo automotor inevitablemente hace de los usuarios rivales entre sí por la energía, el espacio y el tiempo, ¿será esta una perspectiva real de rivalidad?. Lo que sí les puedo asegurar es que inevitablemente la bicicleta para mí -y seguro para varios de ustedes- ha sido un medio para movernos a través de nuestra propia energía y desplazarnos a cualquier lugar que nos propongamos; aunque en México hace falta mucha mayor infraestructura para movilidad en bicicleta, eso no se vuelve una limitante.

Mi primer acercamiento con la bicicleta fue durante mi niñez, quizá a la edad de 7 o 8 años. Fue un regalo de Reyes. La recuerdo bien: era color blanca con rueditas rosas. No recuerdo con precisión quien me enseñó a usarla, pero entre mis vagos recuerdos está mi padre. Por supuesto que para aprender a mantener el equilibro tuve que vivir varias caídas y algunos raspones, pero bastaron un par de meses para que las rueditas desaparecieran y yo saliera a la calle a pasear en ella. Durante mi adolescencia solía usar la bici para ir por las tortillas o algún mandado. Aunque la bicicleta ha estado presente en las diferentes etapas de mi vida, fue hasta mi edad adulta que decidí usarla de manera habitual para trasportarme. Desde hace seis años la uso para salir más allá de mi colonia; en algún momento para ir al trabajo, alguna reunión con amigxs, y algo que no había imaginado: a otros lugares fuera de la ciudad.

De mi experiencia en dos ruedas, puedo compartirles que percibo la ciudad de una manera distinta, e incluso he llegado a pensar que no es tan grande como parece cuando salgo en bicicleta. He identificado zonas de riesgo y como mujer me puedo dar cuenta que estoy expuesta a ser violentada o vivir una mala experiencia. Sin embargo, rescato las experiencias positivas para que los que aún no se atreven a salir o subirse a una bicicleta se animen. Uno de los primeros sentimientos que experimenté fue la libertad de movimiento al salir sin depender del trasporte (no cuento con un auto propio) y desplazarme a diferentes lugares. Sentir el aire me hace recordar que estoy viva y me ayuda a estar bien y reconocer el poder y la fuerza que tiene mi cuerpo, mi mente y mis piernas para ir cada vez más lejos y romper con los miedos. Les he de confesar que al estar en espacios nuevos o pocos conocidos llegué a tener miedo de perderme entre la gran urbe, a poncharme, o lo más lamentable sufrir un accidente y no llegar a mi lugar de destino.

Mientras vas conociendo mejor la ciudad y sus modos de moverse, aumenta tu grado de seguridad y libre tránsito. La bicicleta también me acercó a otras mujeres con las cuales me sentí acompañada y he compartido experiencias positivas (y negativas) que me han motivado a enfrentarme a nuevos retos y decidirme a pedalear por más de ocho horas para llegar a un destino y disfrutar de increíbles paisajes; algo de lo cual no me creía capaz. Hasta este momento he realizado tres cicloviajes cortos a dos lugares diferentes: Tlaxcala y Amecameca.

Cada vez que me subo a la bicicleta, puedo reflexionar sobre la capacidad y la fuerza que tenemos los seres humanos para usar la energía de nuestro cuerpo para movernos y generar no solo mayor resistencia en las piernas, sino también a nivel mental. Me permite romper con las barreras y atreverme a ir más allá, no solo en las pendientes o bajadas que uno se topa en la calle, sino también a lo largo de nuestro andar en la vida.

[1]Illich, I (1974). Energía y Equidad. Pág.109. México.