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Hay despedidas que duelen más que otras. Las despedidas no siempre son definitivas, aunque algunas sí, como las que derivan de traiciones o de la muerte. Cuando una despedida tiene fecha y hora, los días y semanas antes de llegar a ese momento transcurren dolorosamente, y se combinan con sentimientos de gratitud y melancolía; la herida de la pérdida se abre lentamente y se contagia de mucha ansiedad y dolor. Algunas despedidas son repentinas, nunca se planearon y suceden fugazmente, a veces, hasta con prisa.

Escribo sobre las despedidas porque este año finaliza el proyecto donde trabajo. Después de tres años de compartir, aprender, enseñar, escuchar y construir con niñas y niños, adultos mayores, hortalizas y con mis compañeras, se va acercando el momento de cerrar y de decir adiós. Nos despediremos de los espacios físicos: los huertos, la casa de día, el asilo, las construcciones en forma de castillo, los pasillos y  comedores. También se irán las rutas: tomar el metro, hacer transbordes, tomar camiones, caminar-subir-bajar, pasar horas en el tráfico; Y por supuesto, despedirnos de los seres, a quienes ya no veremos con tanta frecuencia, como antes lo hacíamos: señoras, abuelas, abuelos, niñas y niños, a los directivos y empleados de las residencias de adultos mayores, la señora de la tiendita, a Lola, a los gatos, a Trapo, los árboles de higos y granadas, las rosas multicolores y gigantes.

Parece que las despedidas son amplias, se vuelven extensas pues no sólo le decimos adiós a una persona o una cosa, sino a todo lo que le acompañaba. Las pláticas, los abrazos, las risas, incluso los enojos. Todo eso nos hará falta. ¿Cómo se despide uno en este contexto? Parece que esta pandemia no ha dejado lugar para las despedidas.

A propósito de las pérdidas y despedidas, varios adultos mayores con los que trabajamos han muerto en estos últimos meses. Apenas a principios de este año, convivíamos sonriendo, compartiendo complicidades, pero tuvimos que irnos de sus espacios, confiando que nos veríamos pronto. Nadie se imaginó que pasaría tanto tiempo para reencontrarnos – aún no lo sabemos. No hubo adiós, por eso tenemos despedidas pendientes con los que se quedaron en esta dimensión. Aunque, con la incertidumbre que permea cada momento de nuestras vidas, ¿acaso alguien sabe cuándo vamos a volver a verlos?

Las despedidas y las pérdidas forman parte de nuestras vidas. Todos los días perdemos, solo que hay pérdidas que no nos duelen tanto como otras (o incluso no nos duelen). Las tapas de nuestras plumas que misteriosamente desaparecen, los árboles que pierden sus hojas como nosotras nuestro cabello: perdemos voz y perdemos peso, perdemos amigos entrañables, perdemos fotos importantes en la virtualidad de nuestros teléfonos, perdemos frases entre las páginas de los libros que leemos. No siempre podemos despedirnos, incluso muchas veces no sabemos que cierto momento es una despedida. Solo queda esperar y buscar los momentos para entablar contacto, de buscar el abrazo, la escucha y de procurarla. Esta cuarentena que se alarga se ha vuelto una despedida de meses a muchas cosas rutinarias que veníamos haciendo antes de marzo.