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¿Cómo se vive el dolor de la muerte cuando se está en el encierro? En esta cuarentena la vida sigue; aunque aparentemente muchas hemos tenido que parar, nuestra vida y ciclos permanecen en el encierro.  Justo porque las vidas no paran, me he enterado de la muerte de muchas personas, entre ellas la de cuatro abuelitos, compañeros y compañera, a quienes conocí trabajando en los huertos urbanos.  Enterarse tarde de la muerte de alguien querido es lamentable; una se tiene que inventar rituales para despedirse. En este encierro resulta peor porque me encuentro en un modo reflexivo y sensible, cuestionando el sentido y la fragilidad de la vida, dándole vueltas a mis emociones. Así, llena de melancolía, tristezas, alegrías, rabia, miedo, me informaron que habían muerto. No murieron juntos, pero su partida tuvo fechas cercanas.

Aunque no tengo detalles de cómo fue su muerte, el hecho ya está: su presencia física no la tendremos más en el huerto. Vivirán mientras les recordemos, por eso la conservación de la memoria[1] es tan importante. Cuando pienso en Toño me lleno de amor; alguna vez imaginé que era mi abuelo. Me hubiera gustado tener un abuelo así: cordial, cantante, acomedido, parlanchín, amoroso, que siempre buscaba involucrarse en las actividades en el huerto y con los niños y cuidaba cariñosamente a las lombrices rojas californianas: “Soy del equipo de las lombrices”, decía; Se fue pronto del Vergel del Castillo, y dejó muchos corazones extrañándolo. Tomás, aunque no tan participativo en los cuidados del huerto, siempre provocaba ternura en mí al verlo tan enamorado de Ofe, a quien conoció en CDP. Emocionada, siempre pensé en hacerles una entrevista para conocer sobre ese amor octogenario, idea que tristemente se quedó en el aire pues nunca la hice. Conservo de él una foto, donde él y Ofe vestidos de blanco posan entre baile y baile, sonrientes. Con Roberto,  fue todo un reto y aprendizaje compartir con él: era el ejemplo de la divergencia de pensamientos e ideales entre algunas generaciones. Varias veces nuestras miradas se cruzaron, retadoras, firmes; nunca peleamos pero tuvimos varios desacuerdos. Sin embargo, a las niñas y niños siempre les hacía reír, recordaré eso y verlo sentado jugando ajedrez.

Enterarme de la muerte de Chelo me rompió el corazón. De todos, fue con quien pasé menos tiempo, pero me hubiera gustado conocerle más. Mi relación con ella fue como esos amores pasajeros. Mi encuentro con Chelito fue a través de sus plantas, pues de repente un miércoles encontramos a un grupo de macetas formadas en fila frente al huerto, resulta que se habían mudado con ella a Casa Betti pero no podía ponerlas en su cuarto. Este encuentro hizo que le interesara participar con nosotras y otras compañeras de su nueva casa en el huerto, y así por varios meses estuvimos cada semana juntas, compartiendo cariño y aprendizajes de plantas y hortalizas. Sus plantas (de las macetas) finalmente se recuperaron y viven en la parte frontal del invernadero. Sé que la partida de Chelo de este mundo se convirtió en el inicio de otro camino más pleno.

A muchos nos da miedo morir. Compartiendo esta noticia virtualmente con mis compañeras de trabajo, Chantal, una de las huertistas, nos dijo que el huerto también es un espacio donde conocemos los ciclos de la vida y comprendemos, entre otras cosas, la muerte: que la muerte no es un fin, la muerte es un ciclo. Nos invitó a voltear a ver a la composta, que es una fuente de vida después de la “muerte” de las frutas y verduras. Algunos pensarán que es una analogía singular, sin embargo a mí me parece la más bonita y me da esperanzas de seguir ante este convulsionante mundo.

[1] Y con memoria no me refiero solamente a la capacidad de recordar. Si no a la memoria que conserva- cuida- fomenta, especialmente de forma colectiva, historias, identidades, cohesión.