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“Desde el balcón de una casa habitada solo por ancianos, podía ver su jardín repleto de frondosos árboles, todos con un gran nido-hueco interior, donde descansaban los más hermosos gatos, había montones de gatos por árboles, de diferentes tamaños y colores, todos adornados con flores amarillas” (Sueño de la autora)

“El sueño es una segunda vida”, Gérard de Nerval

El mundo onírico se nos presenta en la cotidianeidad de nuestras noches y de nuestros sueños.  Estos lugares de ensoñación se vuelven espacios plurales, “la producción de soñar es universal, mientras el recuerdo de los sueños es variable” (Herlin et al, 2015)[1]. Todxs podemos soñar, aunque no siempre recordamos lo que soñamos. Pocas personas tienen el control sobre sus sueños, la mayoría nos lanzamos a ellos desde la incertidumbre, accediendo a una composición misteriosa de situaciones, rostros e imágenes acumuladas en nuestro inconsciente,  esperando vivir dormidas nuevas sensaciones.

Nuestros ciclos de sueño han sido afectados en esta pandemia, el estrés cotidiano consecuencia de la incertidumbre, las preocupaciones financieras, la enfermedad, el recrudecimiento de las desigualdades, entre otras más, han provocado que muchas personas estén durmiendo menos,  estén durmiendo mal o no estén durmiendo. Miles de cuerpos en todo el mundo no están descansando lo suficiente. Aunque son miedos que la mayoría de las personas sentimos, el mal dormir e incluso los sueños están atravesados también por las grandes brechas de desigualdad[2].

Con más de cuatro meses de encierro en la Ciudad de México, nuestros recursos oníricos se agotan. Las experiencias cotidianas en el exterior se reducen a causa de la pandemia, por lo tanto nuestros sueños se transforman. No solo por la falta de elementos en la mente para construirlos, sino también porque nuestros sueños se han convertido en pesadillas recurrentes, relacionadas directa o indirectamente con la enfermedad, el encierro y la incertidumbre. En los sueños se revelan nuestras mayores inquietudes, algunas incluso que no percibimos mientras estamos despiertas. De alguna manera los sueños no nos mienten. También los sueños y sus narrativas se han vueltos colectivos: ¿acaso compartimos los mismos miedos?

En estos meses he soñado con viajes a países que no conozco: hermosas vistas, olas rompiéndose en las rocas, tempestades furtivas sobre campos verdes, casas que se convertían en cerros que tenía que bajar a modo de paseos recreativos, días en Australia, vendedoras de comida oaxaqueña en Bangkok,  murallas que cruzaban mares, viajes largos en avión, aeropuertos sin covid. Estos escapes se han vuelto reconfortantes, con sus paisajes fantásticos y momentos cálidos y familiares, los sueños se vuelven refugios nocturnos, fugas de este mundo. Sin embargo también he tenido sueños llenos de angustia: arrestos, persecuciones, encierro. Veo en mis sueños los deseos que habitan en mis profundidades, el deseo de movilidad, de libertad vs el miedo a seguir encerrada.

En este momento histórico, pongamos atención a nuestros sueños: en ellos podemos interpretar parte de la historia personal y colectiva. Regresando a ellos tal vez reconozcamos nuestros deseos y malestares. Un buen ejercicio es irlos anotando en forma de diario y así reconocer las repeticiones, los escenarios, también lo impredecible. Compartamos nuestros sueños con otrxs e indudablemente nos sorprenderemos. [3]

[1] Herlin et al (2015) Evidence that non-dreamers do dream: a REM sleep behaviour disorder model. Journal of Sleep Research, 24 (6), 602-609.  https://doi.org/10.1111/jsr.12323

[2] Para leer más sobre la equidad del descanso,  la resilencia y el derecho de dormir para poder soñar, consultar: https://www.vice.com/en_us/article/neppam/black-power-naps-fannie-sosa-niv-acosta

[3] Un proyecto sobre sueños en pandemia es “Pandemic Dreams” para conocer más visitar: https://archivedream.wordpress.com/