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“Entro en el agua

y por un rato

desaparezco”[1]

Belén Gatica tiene 83 años y es originaria de Putla de Guerrero, Oaxaca. Migró sola a la Ciudad de México cuando tenía 11 años. Vive en Casa Betti desde hace dos. Todos los miércoles, después de comer y de alimentar a los gatos que viven en el jardín de esa residencia de señoras, se dirige a su ritmo con ayuda de su bastón color cobre al huerto-invernadero y ayuda en todas las actividades necesarias para cuidarlo, aunque habitualmente prefiere recoger y lavar las trampas de cerveza para caracoles. Siempre le digo a Belén que le gusta jugar con el agua.

Algo que extraña desde que llegó a vivir a Casa Betti es ir a nadar. Belén nadó por más de 35 años de manera profesional. Todos los días, después de trabajar en su puesto de comida, iba a entrenar dos horas a la alberca olímpica de la Clínica 23 del IMSSS al norte de la Ciudad de México.

Belén no proviene de un contexto privilegiado: ella trabajó en su caseta de jugos, yogures y tortas afuera de un centro de recolección de basura, vendiéndole desayunos a los choferes de los camiones. Tiene seis hijos y su día comenzaba a las 4 am. Comenzó a nadar a los 30 años porque se sentía mal, y a pesar de haber visitado a varios médicos, no supieron darle un diagnóstico. Finalmente ella encontró a unos doctores que le recomendaron ir a nadar, argumentando que sus malestares más que físicos eran emocionales.

Me encanta escucharla hablar, sus ojos se ponen más brillosos cuando me cuenta que varios años fue a nadar al Maratón Internacional de Aguas Abiertas en Acapulco, en la categoría de 5 km donde muchas veces ganó medallas para la virgencita. [2]

Con Belén comparto (entre otras muchas cosas) el haber nacido en Oaxaca, haber migrado y el gusto por nadar.

Para Belén la acción de nadar tenía complejos significados; uno de ellos era una oportunidad para olvidarse de todo lo que sucedía en su vida cotidiana y sólo concentrarse en completar sus rutinas de varios kilómetros.

Con mucha ilusión me comparte la última vez que nadó en un maratón: “Fue en el cañón del Sumidero en Chiapas, tenía 62 años y nadé 21 kilómetros. Lo hice a mi ritmo. Recuerdo que el día que nos entregaron nuestros uniformes en un auditorio muy grande lleno de gente de muchas partes del país y hasta del mundo, un grupo de personas, cuando me vio acercarme al estrado donde estaban entregando el equipo, se puso de pie y me aplaudió. Sentí muy bonito”

Aunque no nado de manera profesional como Belén, cada vez que entro al agua sano un poquito más:

Cuando entro al agua siento una emoción en la piel, la humedad no sólo refresca mi cuerpo, también le da otra perspectiva a mis pensamientos, mientras sudo debajo del agua mi mente se queda en remanso y entro en una meditación en movimiento. Aunque hay veces, que enojada, la alberca se vuelve océano, mar abierto, donde lucho con todos mis pensamientos, mi enojo, mi rabia y entonces siento como cada músculo se esfuerza, duele y compito conmigo misma. Mientras doy vueltas en repetición constante voy limando aquel enojo, me voy convirtiendo en agua y me exprimo.

[1] Frase que acompaña la ilustración “Nadar es terapia” de Carola Josefa, tomada de www.instagram.com/carolajosefa

[2] Este maratón se celebra alrededor del 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, por lo tanto es asociado con este día de celebración.