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Los huertos urbanos aparecen como una solución atractiva a las crisis alimentarias y la explotación agrícola e incluso a la devastación medio ambiental, consecuencia de un modelo de producción capitalista. También al ser micro hábitats donde convergen diversas especies de cultivos, flores, sustratos, animales, insectos y microorganismos que están en relación con los seres humanos, brindan a éstos últimos estados de ánimo positivos, diferentes a los que se producen en el ajetreo de vivir en grandes ciudades. Refleja una solución integral que ataca desde problemas medioambientales, nutricionales, hasta emocionales y de vinculación entre personas.

Si damos una mirada rápida podemos encontrar diferentes ejemplos fuera de México, como los huertos urbanos en Cuba de la década de los 90; la siembra urbana post-terremoto 2010 en Haití, que alimentó sanamente a los campamentos y barrios más pobres;  las estrategias de resistencia contra el desabasto alimenticio por segregación en movimientos negros de “urban gardening” en EUA en la última década; los huertos comunitarios de favelas brasileñas que brindan otras oportunidades alimenticias a la gente que las habita, entre otras experiencias.

Vemos que innumerables ejemplos nos muestran la capacidad y la potencia de los huertos urbanos, especialmente en el tema de la nutrición y en contra del desabasto de alimentos. Pareciera que en estos proyectos se encuentra la panacea a este mundo que se está cayendo a pedazos: alimentación, organización en común, beneficio medioambiental e incluso terapia ocupacional. Sin embargo, quiero escribir sobre la apropiación de estas prácticas por el capitalismo, en donde la naturaleza se transforma en un conjunto de objetos físicos que son apropiados y valorizados. La extracción de saberes (conocimientos sobre el cultivo, hortalizas locales y de temporada, ciclos de siembra), la tierra y sus nutrientes, las semillas y su potencia de dar vida, incluso la mano de obra, son conocimientos y prácticas que se monetizan y se venden a través de novedosas narrativas. También persiste en esta venta la paradoja de salvar al medio ambiente contaminándolo más: plásticos, unicel, aceros, semillas tratadas con químicos, sustratos reforzados, insecticidas y aerosoles de nutrientes.

En estos discursos “verdes” se invisibiliza mucha información clave, como la relación histórica del ser humano con la tierra[1], las prácticas de siembra urbanas en periferias y zonas marginales que han buscado una solución a su falta de alimentos, la resistencia al resguardar semillas sanas (sin químicos) que preservan cultivos endémicos y el impulso de sobrevivencia y buen vivir de diferentes colectivos que a través de sus huertos urbanos buscan reforzar los lazos de quienes se benefician y trabajan en él.

Como menciona Ashley Gripper[2], no se cultiva porque está de moda, es algo que ya se hacía como una forma de alimentación, sanación y autonomía. Cuando sembramos en común, no sólo procuramos alimento y vida, reforzamos los lazos comunitarios al tener que seguir una organización, preferentemente horizontal y diversa. Por otra parte, al sembrar también se hace memoria, por lo tanto, se promueven las historias y los conocimientos de los ancestros campesinos, a la vez que se producen nuevas narrativas.

Los huertos urbanos como espacios vivos creadores de alimentos y experiencias me parecen positivos para los seres que habitamos este mundo, pero también es importante prestar atención a aquellos discursos que despojan de sentido a estas prácticas.

[1] A la agricultura como modo de vida humana se le llama “la revolución neolítica” y data de 9,000, recuperado de https://es.wikipedia.org/wiki/Agricultura

[2] No cultivamos porque está de moda, cultivamos como resistencia, para la curación y la soberanía, recuperado de https://www.ehn.org/reflexiones-sobre-la-resistencia-resiliencia-e-investigacion-agricola-del-pueblo-negro-2645479469.html