🕐 📖 : 4 min.

Por: Ana Teresa Peña Hernández

Conocí a Emma mientras hacía su meditación mirando al sol, aunque debo confesarles que en muchas ocasiones anteriores ya la había visto detenidamente, me llamaba la atención toda ella. Y es que de entrada me parecía una mujer hermosa, de piel muy blanca y nada arrugada para su edad, de cabello totalmente cano, adornado por broches en forma de flores. Me gustaba verla erguida apenas apoyada en su bastón, elegante, casi aristócrata, y con una mirada muy profunda, de esas miradas que invitan a la proximidad.

Así lo hice y fue entonces cuando supe que Emma tenía casi 100 años de edad. ¡Sí, casi un siglo! y que con todos esos años cargaba una libreta en la cual anotaba sus reflexiones sobre lo que le gustaba de la vida: el huerto, sus compañeros, recetas, sabores, olores, historias de bádminton, etc.

Además era una mujer de rutinas, tan obsesivas como las mías. En el día leía su libro de superación personal “los cuatro acuerdos”, hacia anotaciones, luego meditaba ante el sol, y después simplemente caminaba, admirando todo a su paso, incluyendo el huerto El Vergel del Castillo. En realidad Emma disfrutaba de dar órdenes y pocas veces “metía las manos a la tierra”, lo de ella más bien era meditar sobre lo fértil que era el huerto y la vida en general.

Ver a Emma siempre fue un agasajo, como vampira me interesé por robarle cada uno de sus secretos para estar disfrutando de la vida después de casi cien años. Alguna vez se lo pregunté de forma directa y le dije:

-Emma ¿cuál es el secreto para ser feliz y gozar de buena salud como tú, a tu sabia edad?

Me contestó: -Es el amor de los hijos (solamente ten uno me aconsejaba), y además el disfrutar cada día sin dejarte caer. Si sientes que no puedes, debes intentarlo hasta que lo logres.

Esa era en realidad la filosofía de otras grandes mujeres que yo ya conocía, mi madre entre ellas. Emma no es solo el ejemplo de mujer que no creo poder alcanzar, a mi corta edad ya sufro achaques y depresiones, es también el ejemplo para todos, de que la vida pasa y la forma en la que la vivimos es enteramente nuestra responsabilidad.

Tiempo después Emma se cayó y se fracturó la cadera, ahora, en cama, no dudo que siga mirando hacia el sol y anotando secretos en su libreta.