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Hace más de un año Amalia me contó sobre Rafael Kohanoff, un investigador argentino quien a sus 94 años viajó a México a principios de 2019 a recibir la distinción de Doctor Honoris Causa. Inmediatamente lo googleé y encontré varios artículos que proponían otras perspectivas de vivir la vejez desde la agencia, la satisfacción y la autonomía.  Compartí esto con mis compañeras de trabajo; Verónica quedó maravillada y no dudó en ponerse en contacto con él y así comenzó una corta pero satisfactoria relación virtual entre él y nosotras OLAK. La admiración era mutua, nosotras con sus inventos[1], sus ideas y su ánimo, y él con nuestro proyecto Germinando Lazos.

Los procesos de envejecimiento son plurales. Cada persona los vive a un ritmo y a una manera diferente – por supuesto, están articulados con otras experiencias que hacen que se complejicen y se vivan en mayor opresión y/o violencias. La Organización Mundial de la Salud menciona que, desde una perspectiva “biológica”, el envejecimiento es la consecuencia de la acumulación de daños moleculares y celulares a lo largo del tiempo, lo que conlleva a un descenso gradual de ciertas capacidades: motoras, mentales, físicas (salud) y finalmente la muerte[2]. Socialmente, se asocia a la vejez como una transición hacia un cierre de ciclos: productivos, laborales, vitales (de deseos) y utilitarios, donde gana casi siempre una mirada paternalista y asistencialista. Éstas ideas fomentan prejuicios y generalidades, que se alejan de la diversidad de experiencias.

Rafael Kohanoff propuso a través de sus palabras y acciones, cambiar las narrativas que vinculan la tercera edad con una idea de inmovilidad  e improductividad. Hace medio siglo, la esperanza de vida en México era de 61 años, hoy en día es de 75. Sin embargo, es común que a muchas personas se les “prolongue la vida” y vivan 85, 95 años con buena salud y energía. Él mismo se preguntaba, “¿Cuántas personas mayores de 65 años viven en el mundo? ¿Con cuántas ideas?” Y yo me pregunto: ¿Quiénes son? ¿Qué hacen y en qué condiciones viven su vida?

Cronológicamente, Kohanoff pensó en cuatro edades. La “Primera edad” en la infancia, con los cuidados y los primeros aprendizajes en el círculo familiar. La “Segunda edad”, la adolescencia, la juventud y los aprendizajes vitales para los proyectos de vida, la escuela. La “Tercera edad” es la adultez, en donde la mayoría encajamos en un sistema de producción que nos expulsa recién cumplimos los sesenta (aunque en este quiebre del mundo, tal vez muchos seremos expulsados desde antes). Rafael propone entonces esta cuarta edad, después de los sesenta: ¿Cuántos años más se pueden vivir? ¿Veinte, treinta? Para él, “los adultos mayores en esta cuarta etapa de la vida deben poder permitirse una vida independiente, inclusiva y activa, no sujeta a la pasividad y al hecho de que los demás tengan que ocuparse de ellos” (Kohanoff, R. 2016, pp.61). Se debe construir una red donde no sólo participen adultos mayores y aliades, si no instituciones, organizaciones sociales, personas de diferentes generaciones que faciliten salud, sustento económico, hogar, cariño y las plataformas necesarias para que adultos mayores puedan vivir esta etapa con agencia y seguridad; Para que eso suceda, se tienen que destruir las estructuras que sustentan desigualdad y exclusión. “¿Podrá tener esta etapa de la vida una forma de superación de un sistema individualista, egoísta, ganado por el deseo de tener; y en cambio ser el espacio de la cooperación, de la vida colectiva, responsable y solidaria?” (Kohanoff, R. 2016, pp.61).

Tendrá que haber un giro del pensamiento, donde los paradigmas cambien y la vejez con la vida prolongada sea más placentera. Se deberán diversificar los espacios para adultos mayores, que ellos mismo dirijan a sus intereses y problemáticas, generar conexiones y cooperación con otras generaciones, diversidades de vidas y experiencias. Se debe dignificar la vejez, examinar la ética de la vida. Leyendo las propuestas de Rafael, me pongo a pensar en cómo éstas descansan en lo colectivo, lo comunal y lo diverso; por eso, en esta sociedad donde yo vivo, a veces las veo un poco utópicas, pero necesarias. Habrá que crear diálogos y acciones en nuestros círculos más cercanos. Los que envejezcamos, agradeceremos esos vínculos y esfuerzos en un futuro no tan lejano. Hace poco, tristemente nos enteramos que Rafael había muerto: tenía 95 años y muchas ideas. Aunque lamentamos lo breve de nuestra comunicación virtual, regresaremos a sus propuestas para revisarlas y traducirlas en nuestros contextos.

Bibliografía

Kohanoff, R. (2016). Repensar el rol de los jubilados. En la cuarta edad de vida, con todo el  tiempo por delante. Revista Argentina de Gerontología y Geriatría, 30 (2), 59-62.

[1] https://agendarweb.com.ar/2019/11/24/tiene-94-anos-y-disena-dispositivos-y-tecnologia-para-adultos-mayores/

[2]  “Envejecimiento y salud” recuperado de  https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/envejecimiento-y-salud