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En la década de 1990, Adrián tenía un baúl de madera lleno de cartas viejas, papeles amarillos consumidos por la humedad albergaban historias y secretos escritos en diferentes tipografías. Cuando era niña, apenas comenzaban a volverse populares las computadoras, y poco a poco el Internet y el correo electrónico fueron reemplazando a la correspondencia.

Era 1998, y en la ciudad donde crecí inauguraron el Museo de Filatelia[1]. Con la apertura de este espacio, pasé varios veranos tomando talleres para niñxs, haciendo mi propia colección filatélica, quitando meticulosamente con guantes y pinzas los timbres a las cartas viejas de mi padre. Cuando él se ausentaba por semanas, recibía sus cartas, llenas de cuentos, dibujos, saludos de gatos y otros animales. Una de mis primeras cartas fue la de los Reyes Magos. Tenía cinco años y quedé atónita de que unos seres fantásticos me dejaran una maravillosa postal color plateada con letras doradas y brillos por todas partes, diciéndome que me querían, que Perla mi gata ya los había conocido y que me portara bien durante el resto del año. Ingenuamente creí por muchos años en la autenticidad de esta carta.

Ya adolescente, no tenía quién me escribiera ni a quién escribirle. Tristemente una de mis mejores amigas con la que iba a museos, veía películas, pasaba fines de semana y compartía música y libros, se mudó a otra ciudad. Para no dejar que el amor se esfumara en la distancia, acordamos escribirnos. Nos mandamos postales y cartas contándonos las más recientes noticias en la vida de cada una, sin embargo eso solo duró un par de años. También reemplazamos nuestra comunicación por llamadas telefónicas, redes sociales, y luego me mudé a la misma ciudad donde ella ya vivía.

Desde ese momento, raramente recibo una carta. Toda la correspondencia en el buzón son recibos o promociones bancarias, mi colección de timbres recibidos no ha podido crecer; desde que dejé de ir a la escuela, ya casi no escribo a mano. Hace unas semanas, una amiga me invitó a participar en un proyecto donde tenía que enviarle una carta a alguna presa en un reclusorio de la ciudad, sin saber nada de ella, ni su nombre, me aventuré a escribir. Mi corazón se emocionó: “Para ti” escribí, “ojalá pueda saber sobre ti en la próxima carta”. La verdad no sé si habrá respuesta, pero fue lindo preparar las palabras para alguien desconocido. Ahora las cartas son amuletos.

Patricia me visitó una mañana, llevaba en su mochila un bonche de cartas. Bajó desde Tepoztlán a la Ciudad de México. Aprovechó su viaje para ir al Palacio de Correos a dejar todas esas palabras. Viajan lejos: a Texas, a España y a otras partes del país, esos sobres llevan la resistencia y la ternura de la comunicación a través del correo postal. Entre risas, me cuenta que su nieto y su yerno guardan las postales que les hace cada navidad a mano, son piezas museísticas, pequeñas obras de arte que para muchos, son singulares y poco comunes.

Si el género epistolar es un género que consiste en construir obras literarias o históricas a través de las cartas que se envían sus personajes, ¿En el futuro habrá libros e investigaciones armadas de conversaciones de emails o mensajes de whatsapp?

[1] Afición por coleccionar y clasificar timbres postales e investigar la historia postal