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¿Qué es una casa? Escribí en mi diario, “es el lugar que habitas y te habita”. Esa nota la hice cuando murió mi gato, agregando: “porque un lugar no es solamente un espacio, son los momentos que se crean, los seres y las emociones que la habitan, el polvo… Tú eres parte de esta casa. Hoy pierdo parte de mi casa”.

Los años pasan lentos y rápidos, según los acontecimientos, el amor, la ilusión del fracaso, la enfermedad, las pérdidas o la urgencia de terminar una tarea. Así han pasado casi once años desde que llegué a esta casa, con 4 o 5 “bolsas negras de basura” llenas de ropa y libros. La casa la hemos ido construyendo, no solamente con muebles, cortinas o plantas, también con nuestras rutinas, dinámicas y humores. Con las largas pláticas que se archivaron en las paredes y los olores de las comidas colectivas que desaparecieron en el aire. La casa suena, con cientos de horas de reproducción de canciones, los trinos o gorjeos de las aves, los chirridos de las ardillas y de las puertas, con los tiernos maullidos y ronroneos de los cinco gatos que la han habitado, los ladridos de Noxtli, con aleteos, píos y chillidos.  Esta es la casa de mi juventud adulta. ¿Cuánto tiempo más la habitaré? ¿Dónde estaré en diez años?

Cuando nací me llevaron a la casa de mi tía Sol, muy al sur de la ciudad de Oaxaca.  Ella le enseñó a mi mamá (también Sol) a bañarme, a reconocer mis llantos, a alimentarme y me atendió mientras mi madre se recuperaba. Después regresamos a la casa de mis padres. Esa fue mi primera casa, de un solo piso agazapada como un sótano. El techo llegaba a la altura de la calle; unas escaleras escoltadas con macetas de grandes hojas acompañaban el camino de la entrada al patio. Llena de color y texturas, recuerdo esta casa con afecto, siempre con gatos, perros, plantas, siempre abierta a la imaginación y a la posibilidad de creación.

A los tres años, mis padres se separaron y con esa decisión yo fui a vivir a otra casa, la de mis abuelos. Fue ahí donde se cultivaron mis vínculos de parentesco con ellos, pues una cosa es tener familia y otra procurarla y sentirla cerca. Los llegué a querer como si fueran mis papás. Esa casa es la del inmenso jardín que en realidad siempre fue pequeño, con hamacas y los periquitos australianos de Carlota, los boleros de mi abuelo y las innumerables horas de películas y telenovelas mexicanas. Ahí comí algunos de los guisados más ricos que he probado, fue la casa donde aprendí a ser hermana, también donde lloré y una herida profunda de dolor se abrió. Estuve hasta los trece años habitándola, luego me mudé a mi primera casa.

Cuando me aceptaron en la universidad, mi papá me consiguió asilo en la casa de su amiga Lucía. Llegué a vivir con ella y su hija en pleno invierno, fue un enero frío y mi corazón vivía en dualidad: animado por una nueva vida y triste por la pérdida de mi pasado. Este departamento estaba ubicado en una de las colonias más bonitas de la ciudad, con amplias calles con camellones llenos de árboles y palmeras, la sombra y los parques nunca faltan. Ahí fui construyendo poco a poco una vida cálida y familiar, con comidas calientes y caseras, momentos de ternura, incluso vacaciones. Sin embargo, mis deseos de recién independencia y juventud, me llevaron a tomar decisiones que se alejaban del plan familiar. Esa fue mi tercera casita, y después de un año de habitarla tuve que mudarme a mi cuarta y última casa.

Todos los lugares que habitamos se van llenando de historias y recuerdos, de olores y nostalgias, de suciedad y de amor, incluso los espacios donde pasamos fugazmente. Vamos asociando nuestra vida con un sinfín de memorias, eso nos construye. Finalizo con la nota que le escribí a Tobías uno de mis compañeros de casa, que sirvió de pretexto para comenzar este texto “Gracias por ofrecerme tus orejas sin pedirlo, por aquellas horas que pasamos echados-sentados, por tus pequeños pasos que siempre me siguieron, ¿cuánto habremos caminado juntos? Recordaré el olor de tu panza y tus pelitos perdurarán por algunos años en esta casa, que también fuiste tú”.