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Ángela me sonríe con la mirada y su piel tan suave y plisada hace un surco cerca de su boca. Ángela Ávila acaba de cumplir noventa años y me confiesa seria pero de manera afectuosa que ha vivido muchos años en una depresión profunda “Solo colorear mandalas me ha hecho salir de ese lugar”, me dice.

La admiro por nombrar aquello que siente, ya que a veces yo no soy tan valiente para decirle a la gente cómo me siento, y  también por compartir los recursos con los que pudo salir de ahí. Si bien su vida en el último lustro la ha vivido lejos de aquellos que puede nombrar como su familia, ahora se rodea de muchísimas mujeres, complejas, adultas octogenarias con hilos de historias suficientes para tejer una cobija gigante, sabia y calientita. Quienes a partir de la convivencia cotidiana y las relaciones de amistad, también se han vuelto parte de su familia.

¿Acaso en nuestros ejercicios de imaginación constante  nos hemos puesto a pensar en la vejez propia? ¿De quién nos gustaría rodearnos? ¿Quién nos va a brindar aquellos cuidados que seguramente necesitaremos? ¿Cómo vamos a retribuirlos? ¿Qué actividades nos van a gustar?  ¿Nos seguiremos enamorando, de quiénes o de qué?

Una tarde después de trabajar en el huerto, Ángela nos invitó a visitar su habitación, fue la primera vez que pude ver sus trabajos, antes ya me había contado sobre los mandalas y su intención de montar con ellos una exposición en la casa de reposo donde vive. ¿Mandalas? Pensé, para mí no tenían un gran significado, sin embargo, el hijo de su hermano le había regalado una revista con una buena cantidad de éstos para colorear, acción que  en primer momento fue de agradecimiento superficial, pero poco después se volvió  un parte aguas en la vida de Ángela.

Sentadas sobre su cama, ella frente a nosotras con sus ojos dulces y su carácter firme, nos fue enseñando carpetas, libros, revistas llenos de mandalas, algunas muy sencillas y otras de diseños muy complejos,  que eventualmente voluntarios de la casa de reposo y amigas le habían regalado. “Tengo muchísimo trabajo” nos dijo, “Espero tener el tiempo para acabarlo”. Ese mismo día, mi amiga Ana quién también había estado en la habitación de Ángela, me escribió por la noche  diciéndome “Es impresionante como de vieja una valora tanto, ¿verdad? Es tan sabio”  Y claro, con seis décadas de diferencia, nosotras vemos algunas acciones y cosas como fútiles.

Conocer a personas como Ángela me regala una perspectiva distinta y profunda sobre la vida cotidiana.  Creo que todo el tiempo me estoy espejeando no sólo en la vida de Ángela, también en la vida de todas las señoras adultas mayores que he conocido, en sus dolores, en su soledad, en su fortaleza, pero también en esa autenticidad que conservan, en su ternura, en sus deseos.

Angie de pie frente a su exposición colocada en el pasillo principal de la residencia para adultas mayores que habita, me regala una foto muy especial, pero no sólo eso, me ha regalado su complicidad en cada momento que nos miramos, sus abrazos largos y  sobre todo su conocimiento acumulado desde 1929.